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Cómo generar paz en tiempos de conflicto. La experiencia de Colombia

Por: Cristina Montoya

Colombia Peace Talks

Soy colombiana. De 1962 a 2014 mi país vivió 52 años de conflicto armado con 8 millones víctimas, 25 mil personas desaparecidas, 7 millones de refugiados, “pero la sociedad sobrevivió, porque ejerció una resistencia cultural por medio de la comunicación”. Omar Rincón, investigador colombiano, destaca la capacidad de la comunicación para construir una sociedad de paz.
Según el teólogo Piero Coda, la comunicación es “el hecho humano total”, la posibilidad de entrar en relación, de conocer, de descubrirse parte de una comunidad, de un pueblo, de una historia; de comprender el significado de los acontecimientos”.
Si hay algo que caracteriza la guerra, las mafias y el totalitarismo es en cambio la reducción de la comunicación a fragmentos, a repetición de categorías simplistas, a la imposibilidad de distinguir lo verdadero de lo falso. En vez de relaciones de colaboración y altruistas, propios de la naturaleza humana, se instaura la sospecha, el autocontrol, la censura. En un ambiente de conflicto armado la gente pierde su rostro y se convierte en “amigo” o “enemigo”, se legitiman los sistemas jerárquicos, hay quien tiene voz y quien solo pueden obedecer, desaparecen las relaciones de de igualdad, la impunidad lleva cada uno a tratar de sobrevivir descuidando a los demás. Sin embargo, la creatividad de las relaciones y de la gente permanece, subyacente. Existe un espacio de resistencia cultural en el cual la guerra no tiene control. Es un espacio donde la paz positiva toma vida y palabra: el espacio de la comunicación ciudadana.
Consideramos la historia de Montes de María, región colombiana compuesta por 17 municipios, en una naturaleza bendecida, entre maravillosas montañas bañadas por el mar Caribe. Es una de las zonas más violentas del país, desde los años 90.
Allí nació un colectivo de comunicación: “Funciona como una escuela sin muros, a donde se invitan niños, adolescentes y mujeres para reinventarse a sí mismas para convertirse en nuevos seres humanos”, dicen ellos.
De la lucha contra la muerte nació la idea de recuperar el espacio público con un cineclub, al que se bautiza “Rosa púpura del Cairo”: una pantalla de tela, un videoproyector, una invitación hecho al último momento, para que no se enteren los guerrilleros. Cada persona trae su silla a la plaza y, en silencio, bajo el cielo estrellado, asiste a la proyección de la película.
Después de la proyección, cada uno regresa a casa acompañado por los personajes de la película, pero también con otras personas, con las que se habla de otras cosas. De este modo la película se convierte en una pretexto para acrecentar la sociabilidad, la confianza, la hermosa complicidad de la amistad.
Otro ejemplo se refiere a un territorio colombiano dominado por el narcotráfico y las lógicas mafiosas, donde la tierra fue vendida a multinacionales extranjeras, y más de 10 mil jóvenes son obligados a trabajar en condiciones absurdas. En una conversación entre hombres y mujeres sencillos, entre maestros y políticos, frente a un plato típico del lugar, se habla de la identidad amenazada, se procura soñar el mundo que deseamos y se decide invitar a otras personas a soñarlo.
La inventiva no tiene límites: conciertos, desayunos, noches de talentos con una sola característica común: todos tienen la palabra, todos están llamados a imaginar y proponer. El resultado es un plan de desarrollo en 20 años que de algún modo obliga a las facciones políticas locales a tomar en cuenta la voz de la gente.

El cambio es posible
Podría continuar. Palabras, hábitos y valores constituyen la cultura, que se expresa en prácticas diarias y, como la tierra, sostiene las bases de la construcción de nuestra existencia.
Volvamos entonces a nuestra identidad y singularidad, abramos escenarios e intercambiemos espacios donde podamos reconocernos.
La comunicación tiene tres dimensiones: habla de algo (referencialidad), establece vínculos y da vida a algo nuevo (generatividad). Esta última es verdadera comunicación, porque es fecunda.
Los medios de comunicación nos hacen creer que es imposible cambiar la sociedad, de modo que el sufrimiento y la pobreza se convierten en una montaña que empaña nuestra visión del futuro. Lo que podemos cambiar entonces son nuestras palabras y nuestras prácticas, para construir nuevos hábitos.
La guerra es una invención humana, una expresión de la fragilidad humana, pero la cultura puede quitarle legitimidad.
Si ponemos en marcha acciones comunicativas positivas, demostramos que la guerra no logra consumir todo. Esta es la lección que aprendimos en 52 años de guerra: la capacidad humana del bien, de colaboración, de creatividad, es más fuerte que cualquier guerra.

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