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Punto de vista


Por: Alberto Barlocci

 

 

Los procesos de integración regional suponen la política elevada a su más alto nivel, superado quizá sólo por el de las Naciones Unidas. Son ámbitos en que la mirada relativa y limitada de un país es potenciada por objetivos comunes a escala más amplia. La complejidad de la globalización en la que estamos sumergidos nos revela que la creciente interdependencia hace que ningún país pueda alcanzar por sí mismo el verdadero progreso y, en definitiva, el desarrollo integral de sus ciudadanos.

En el caso de la integración latinoamericana, el sueño de una patria grande nace en tiempos de las luchas independentistas y lo alimenta una insuperable ventaja respecto de procesos similares: la gran homogeneidad lingüísstica.

Para sus partidarios, los avances hacia la integración serán siempre lentos. Para los escépticos, las trabas demuestran que sería preferible limitarse a multiplicar el comercio, confiando más en el libre mercado que en la política.

Al hacer un balance de los últimos años de este proceso, cabe señalar el logro de la reformulación de las relaciones con los Estados Unidos, un factor que en el pasado ha jugado un rol clave. El nacimiento de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC), con la clara intención de hacer de contrapeso a la hegemonía norteamericana en la Organización de Estados Americanos (OEA), y la neutralización del proyecto del Área de Libre Comercio Americana (ALCA), han sido muestra de capacidad de autonomía política.

Tanto la CELAC como la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) se perfilan como ámbitos de construcción política, al tiempo que otros espacios subrregionales avanzan, algunos más, otros menos, hacia una progresiva integración: la Comunidad Andina, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), la Comunidad del Caribe (Caricom), el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), la Alianza del Pacífico, el Mercosur.

El Mercosur es sin duda el que ha dado los pasos más significativos, aunque más recientemente muestre señales de estancamiento. En julio se completó el protocolo de adhesión de su sexto socio, Bolivia. Es la mayor novedad en estos dos años junto al ingreso, en 2013, de Venezuela. Sin embargo, se nota internamente cierto nerviosismo generado por las políticas proteccionistas que impiden ampliar el mercado interno, y por la reticencia argentina al tratado de libre comercio con la Unión Europea. La normativa del Mercosur impide que los miembros negocien por separado tratados de libre comercio y hoy Brasil, Uruguay y Paraguay cuestionan esta limitación. El tema es que no se avanza hacia completar el proceso de unión aduanera ni tampoco hacia el área de libre comercio.

México, Perú, Colombia y Chile, por su parte, han generado entusiasmo con la puesta en marcha de la Alianza de países que se asoman al Pacífico. Costa Rica y Panamá quieren ser los próximos socios, Uruguay está interesado en vincularse “más activamente”, otros 42 países participan como observadores. En julio entró en vigencia el acuerdo marco que eliminó el 92 % de los aranceles aduaneros, mientras que el resto será eliminado progresivamente. En la última cumbre el discurso comenzó a aborar más el tema de la integración.

¿Cuáles pueden ser los principales desafíos para la política integracionista?

Si bien todos son responsables de este proceso, está claro que sin el liderazgo de Brasil, México y Argentina será mucho más difícil avanzar. ¿Sabrán estos países mirar más allá de sus cuestiones internas?

En un mundo global es necesario rever el concepto de soberanía territorial, que aparece superado. A su vez, ¿cómo hablar de integración sin que haya una transferencia de parte de la soberanía hacia un ambito supranacional? Eso supone avanzar hacia organismos comunitarios dotados de cierta autonomía decisional. No sólo se está lejos de este paso, sino que siguen cobrando importancia litigios territoriales, que involucran a varios países, que trasladan al plano jurídico cuestiones que sólo se podrán resolver políticamente.

A su vez, herramientas como la UNASUR y la CELAC deberían tener un papel mucho más relevante en casos de crisis: el proceso de paz en Colombia y la delicada situación en Venezuela, por ejemplo, deberían haber contado con un rol bastante más proactivo.

Finalmente, la capacidad política debería acompañarse de una capacidad de planificación. Integración significa muchas cosas: aprovechar la complementariedad que existe a nivel de recursos y de capacidad productiva, aunar esfuerzos en la innovación productiva, la investigación y la inversión en el desarrollo de la infraestructura civil, los servicios, la producción cultural, etc... Quizás, esta planificación sea hoy el principal desafío ·

Los gabinetes binacionales

Cabe incluir en el proceso de integración la positiva experiencia de los gabinetes binacionales que se llevan a cabo, por lo general anualmente, entre Perú y Ecuador, Perú y Bolivia, Perú y Colombia, Ecuador y Colombia, Ecuador y Venezuela. Se trata de una jornada de trabajo que se lleva a cabo, normalmente, en localidades fronterizas. En los temas de agenda aparecen tanto las cuestiones de las zonas limítrofes como temas de interés común, desde las interconecciones viales y energéticas, a los temas comerciales o de infraestructura, etcétera.

http://www.ciudadnueva.org.ar/revista/567/internacionales/la-politica-al-mas-alto-nivel

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