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Punto de vista

 

Las reales razones de las guerras

Por: Carlo Cefaloni (desde Italia)

 

¿Qué tan seriamente hay que tomar el exigente mensaje del Papa Francisco acerca de las producción y comercio de armas, el desarme y el tender constantemente a la paz? Ofrecemos una posible lectura para ir más allá de la indiferencia y de la resignación

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El octogenario Papa Bergoglio condena en toda oportunidad el comercio de armas y propone la no violencia como estilo de una política de paz. Lo hizo en el mensaje de comienzo de 2017 frente a un mundo que −globalmente − sigue aumentando el gasto militar.
En el discurso común, la no violencia conduce a la pasividad hacia el mal y a una connivencia real con el opresor. Francisco, sin embargo, habla de ella como de una “política”, es decir, de una verdadera “lucha” que emprender para no caer en un conflicto global autodestructivo de todo el planeta.
En Europa y en Estados Unidos, hay quien ve la opción de la guerra como una necesidad.
El fundador del diario italiano Il Foglio, Giuliano Ferrara, cree que es posible intervenir en Medio Oriente para erradicar el terrorismo islamista poniéndose, en diciembre del 2015 la cuestión: “Pero, entonces, ¿deseas la guerra? Hablas de un conflicto de proporciones globales, costoso en vidas humanas y en recursos, capaz de marcar toda una época, quizá un siglo de historia de la humanidad. ¿No te das cuenta de la gravedad y de la locura de lo que estás diciendo? Debería responder simplemente: sí. Pero prefiero pensar que una fuerza militar, incluso abrumadora, y una decisión política del mundo occidental, absuelto de su grotesco sentido de culpa, puedan realizar parcialmente o totalmente la tarea sin necesariamente crear un escenario que haga estremecer. Si quieres la paz, prepara la guerra”.
La seguridad de Ferrara debe confrontarse con otras preguntas. Por ejemplo, ¿la decisión de parte de George W. Bush y sus aliados de desencadenar la guerra de Irak en 2003, fue justificada? ¿Merecía obediencia? Del mismo modo, ¿fue sensato seguir a los franceses, en 2011, para destruir Libia y desencadenar en esa región un infierno del que todavía los locales no han podido salir?
El caos sirio −que no profundizaremos aquí− desencadena reconstrucciones muy diferentes sobre las causas de un conflicto que deja a una población martirizada a merced de los diseños tácticos de las potencias internacionales.

¿Quién decide la guerra?
Como explicó desde su cátedra de Estrategia militar de la Universidad Luiss el general Carlo Jean, los criterios utilizados para definir una “guerra justa” son impracticables y obsoletos en los conflictos armados reales”. En las guerras actuales, en efecto, “la población civil no sólo es víctima, sino que es también actor y objeto de la estrategia. Entonces, ¿cómo distinguir qué es moralmente aceptable atacar de lo que no lo es?”. Según el general Fabio Mini, exjefe de la misión internacional en Kosovo, los ataques contra civiles y hospitales son “un daño preciso y calculado”. En un debate promovido por Médicos Sin Fronteras, Mini afirmó que “hoy un conflicto no tiene fin y no tiene ya siquiera finalidades de Estado, humanas y humanitarias. Tiene que continuar sin fin porque hay muchos intereses privados y no nacionales”. Como escribió el economista Johh K. Galbraith, consejero de tres presidentes estadounidenses, las grandes corporaciones de armamentos ejercen una peligrosa presión sobre la política exterior y militar “al punto de envolver con un manto de legitimidad e incluso de heroísmo la devastación y la muerte”.
Es a partir de esta mirada realista que se puede entender la pregunta que hace Francisco en enero del 2017: “¿La violencia puede alcanzar objetivos de valor duradero? Todo lo que se obtiene ¿no es quizás provocar represalias y espirales de conflictos mortales que son beneficiosas sólo para unos pocos ‘señores de la guerra’?”.
Ugo De Siervo, expresidente de la Corte Constitucional italiana, afirma que “el mensaje de Francisco es una invitación a usar la no violencia para eliminar, prevenir o sustituir lo que ocurre a través de las guerras, pero no prohíbe el uso de las armas en ciertos contextos”. Como en el caso de las rebeliones justificadas por razones de intolerable opresión. También Mao Valpiana, presidente de un movimiento no violento, nos dice que “la no violencia tiene que hacer las cuenta con lo posible realizable”. Valpiana reconoce que “existen situaciones extremas en las que se es obligados a elegir entre permanecer dramáticamente inerte o actuar también en forma violenta sin todavía tener la certeza de haber resuelto el problema en la raíz”. Es necesario proponer siempre otras soluciones posibles sin rendirse a la banalidad del mal. Las instituciones de los cuerpos civiles de paz son un ejemplo de intervención de prevención no violenta de los conflictos.

Guerra, negocios y conciencia
Es un hecho que la “resignación a la guerra” distingue “el actual espíritu del tiempo”, según Lucio Caracciolo, director de la revista geopolítica Limes, quien reconoce en los actos y en las palabras de Francisco un dique de contención al fatal determinismo bélico. Caracciolo invita a leer las guerras actuales como efecto de la desintegración de los imperios provocado por la I Guerra Mundial hace cien años, cuando se levantó el grito de Benedicto XV para poner fin a la “inútil masacre”.
Recientemente, la ministra de Defensa de Italia, Roberta Pinotti, recordó que se trató de una invitación a los gobernantes de los países involucrados en aquella lucha fratricida, no a los soldados y a sus familias, que quedaban sometidos a la obediencia a la autoridad legítima. Como escribió en 1952 el padre Primo Mazzolari, joven y ferviente intervencionista en 1915, “si en vez de decirnos que hay guerras justas y guerras injustas, nuestros teólogos nos hubieran enseñado que no hay que matar por ninguna razón, que la masacre es inútil siempre, y nos hubieran formado a una oposición cristiana clara, precisa y audaz, en vez de alistarnos para el frente hubiéramos ido a las plazas”. Mazzolari, como el padre Milani, es uno de los maestros indicados por Francisco, así también como otros radicales oponentes católicos a la guerra como Thomas Merton y Dorothy Day.
Pero ¿qué significa hoy una política de la no violencia activa? Tomemos el caso concreto del envío desde Italia de bombas destinadas a una guerra olvidada como la de Yemen, que está provocando decenas de miles de víctimas civiles y millones de refugiados. En Cerdeña, donde esas bombas fueron construidas, nació una iniciativa de relieve nacional para afirmar que un área en crisis de inversiones y políticas industriales no puede sufrir el dilema entre producción de muerte y falta de trabajo. “Para nosotros”, afirman Arnaldo Scarpa y Cinzia Guaita, del Movimiento de los Focolares en la ciudad de Iglesias, entre los promotores de la iniciativa, “tales condiciones, estructuralmente violentas, requieren el esfuerzo de una no violencia activa que comienza con el rechazo de colaborar al mal para proponer concretamente un destino productivo distinto de nuestro territorio”. Un camino difícil que parece utópico. Pero ellos tienen bien claro lo que afirmaba Igino Giordani: “No basta el rearme y ni siquiera el desarme, para eliminar el peligro de la guerra: es preciso reconstruir la conciencia”.

 

Fuente: ciudadnueva.focolar.org.

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