mppu international

twitterfacebook

Punto de vista

Por: Miguel de Jesús Niño Sandoval

 

FOTO: EFRAÍN HERRERA - SIG

El conflicto armado en Colombia ha dejado más de ocho millones de víctimas, víctimas de todas las categorías contempladas en las normas internacionales, víctimas de delitos, de abuso del poder, de violaciones graves al derecho internacional humanitario, comprendiendo tanto las víctimas directas como indirectas; todas tienen en común el hecho de ser víctimas como consecuencia de un delito que han padecido.

Partiendo de este punto podemos afirmar que estas personas, todas, como lo expresan los distintos tratados internacionales, son titulares de derechos -con la obligación de los Estados de garantizarlos y hacerlos efectivos. Esos derechos comprenden: la asistencia de urgencia y la de más largo plazo, derecho a la investigación y persecución del hecho delictivo, derecho al acceso efectivo a la administración de justicia, a la verdad, a la protección de la vida y de la dignidad, a la reparación, derecho a la memoria.

En Colombia las víctimas han generado un derecho nuevo, distinto, el de la no repetición; este ha sido la constante desde su presencia en La Habana, en la mesa de negociaciones cuando, unidas por el dolor, fueron capaces de dar el paso buscando perdonar y reconciliarse con valentía, enfrentando a los victimarios con coraje, pero con la decisión de que esta ola absurda de violencia no se repita. Desean la no repetición y se integran con el fin de garantizarla.

Esta postura fuerte y significativa es lo que ha generado un cambio profundo en la construcción efectiva de la paz.

Las víctimas en Colombia representan el sufrimiento humano causado por sus propios hermanos y recuerdan la historia de Caín, cuando pregunta: ¿yo qué tengo que ver con mi hermano? No obstante, el proceso de paz en Colombia marca un hito, una diferencia, en el sentido de que ese Caín no es el mismo, dado que los perpetradores en este caso han sido capaces (gracias al afán de las víctimas de aplicar principio de la caridad), de reconocer a quienes sobrevivieron al mal por ellos causado y pedir perdón.

Con motivo de la visita del Papa Francisco, quien fuera el jefe de las FARC -hoy incorporado a la vida civil y líder de un nuevo partido político-, pide perdón en una carta dirigida al pontífice y en la que dice: “…cumplimos el acto de contrición indispensable para reconocer nuestros errores y pedir perdón a todos los hombres y mujeres que de algún modo fueron víctimas de nuestra acción”.

Estas manifestaciones de paz y de encuentro se repiten a lo largo y ancho del país; no son actos aislados, policías que se encuentran casualmente con quienes combatieron, como aquel que perdió la vista en una emboscada y años más tarde se encuentra con quien dirigió el ataque, y ahora son capaces de construir una amistad, de perdonarse y dar testimonio.

Conversando con ellos, uno dice: “Hablo de aprendizaje; de reconocer que eventos del pasado como lo es nuestra situación, el dolor de muchas madres que lloran a sus hijos por el conflicto armado, tanto la mamá del guerrillero, como la del soldado, que lloran a sus hijos, porque es igual; no se pueden volver a repetir, porque el arrepentimiento no ayuda a nada; estos eventos no se pueden repetir en Colombia ni en ninguna parte del mundo, yo creo que con eso hemos avanzado y estamos dando pasos hacia adelante, digamos que en ese enfoque, cuando contamos la historia en diferentes espacios, hablamos pidiendo que estos sucesos no se repitan, y ahí es donde tenemos que estar todos. A la gente se escucha decir: “no pero es que los malos… y para qué sirve esto”; lo importante es que esto no vuelva a pasar en Colombia, las mamás no pueden volver a llorar a sus hijos por culpa del conflicto armado, no pueden estar enterrando a sus hijos, son los hijos quienes deben enterrar a sus papás, pero desafortunadamente, eso ha sido al revés por culpa del conflicto armado y eso hay que comenzar a trabajarlo para que no vuelva a pasar”.

Un guerrillero campesino, reinsertado, cuenta su experiencia en la guerrilla donde permaneció diez años. Al entender que la lucha armada no era una opción para resolver el problema social, se reintegra y se dedica a trabajar en pedagogía de la comunicación como un proceso de pensamiento, con jóvenes en barrios populares.

Al preguntarle sobre lo que piensa ahora, dice: “no volvería a repetir nada porque yo creo que la paz hay que construirla desde otro lugar en el ser humano; ahora estoy trabajando con campesinos, con comunidades, estoy trabajando en el cuidado de la vida, transformando el pensamiento, descubriendo por qué nos enfrentamos entre unos y otros. Mi región fue muy afectada por la violencia política de los años 50, muchas muertes; muchas, y dejaron improntas en la cultura de las comunidades y eso es lo que hoy tenemos, hay que fortalecer los vínculos de solidaridad, del cuidado de la vida, del entorno, de la naturaleza y construir desde ahí comunidad, para borrar las marcas que tenemos”.

Estas múltiples expresiones entre víctimas y victimarios demuestran que en Colombia se está concientizando la paz y se dan pasos para garantizar la no repetición.

Pero se presenta una paradoja: las víctimas y quienes causaron la violencia se descubren y se escuchan, y son acogidos por una buena parte de la población; otros, en cambio, los repudian y los sepultan hipnotizados por el fanatismo político.

¿Cómo lograr la reconciliación?

Las víctimas nos demuestran que están particularmente habilitadas para ir más allá del amor natural, amando y perdonando a quienes les han hecho mal, ese es un amor fuerte, que muestra amnistía en el corazón: nos enseñan que el primer modo de amar al enemigo es no comportarnos como enemigos. Los une el dolor y por el dolor pueden unir a toda Colombia; no hay espina sin rosa, es el momento de la rosa, transitar de la espina a la rosa, dar luz a Colombia, por esto tienen la palabra. Deben salir como lo han hecho delante del Papa y del pueblo colombiano, pero más que para pedir, para dar, obrar con dignidad, de pie, ver a sus victimarios con ojos nuevos, no con los ojos de los anti-políticos que son ciegos, sino con los de la verdad, porque las víctimas ven de una manera distinta.

En resumen, y citando las palabras del Papa sobre la reconciliación en su homilía en Villavicencio: “La reconciliación no es una palabra que debemos considerar como abstracta; si eso fuera así, sólo traería esterilidad, traería más distancia. Reconciliarse es abrir una puerta a todas y a cada una de las personas que han vivido la dramática realidad del conflicto. Cuando las víctimas vencen la comprensible tentación de la venganza, se convierten en los protagonistas más creíbles de los procesos de construcción de la paz.”

Las víctimas se toman la palabra y la bandera de la paz con el derecho que les da su propia vivencia y no el discurso fallido o el rencor de quienes desean propagar el odio y la violencia.

Ahora bien, en ese hacer, que es la razón de escuchar para poner en práctica, tenemos una propuesta que nos permite realizar el principio del bien común, que el mismo Papa Francisco presenta en la Carta Encíclica Laudato Sii, capítulo IV número 157: “el bien común requiere la paz social, es decir, la estabilidad y seguridad de un cierto orden, que no se produce sin una atención particular a la justicia distributiva, cuya violación siempre genera violencia. Toda la sociedad – y en ella, de manera especial el Estado – tiene la obligación de defender y promover el bien común”.

El ciudadano debe, en correspondencia con las víctimas, ponerse en el lugar de éstas, para que en esta coyuntura política se actúe en unidad con estos ocho millones de seres humanos, mártires de la guerra en Colombia, para que como una sola voz actuemos con coherencia, y solicitemos que se amplíe la participación democrática para permitir que las víctimas sean escuchadas con escaños propios en los cuerpos colegiados nacionales, departamentales y municipales, con derecho a conformar un movimiento político que las integre.

Reclamar que, en concordancia con las normas y tratados internacionales, puedan participar en los procesos judiciales, en la jurisdicción de paz, mediante la aplicación de la justicia restaurativa, verdad, perdón, reparación y garantía de no repetición. Igualmente, para que en esos tribunales las expresiones de verdad puedan ser verificadas, debatidas y confirmadas. Las víctimas deben participar en esos procesos.

Solicitar el apoyo del Estado, como corresponde, para que se creen las condiciones para garantizar que lo sucedido no volverá a ocurrir. La sinceridad del proceso.

Se obtiene justicia completa –justicia política (bien común)- cuando, a través del perdón, los causantes y el Estado se vuelven reparadores del mal cometido y se convierten, incluso, en multiplicadores del bien.

Las víctimas deben ocupar su lugar con el reconocimiento del sufrimiento y su aporte como sobrevivientes del conflicto. Hacerse presentes. Y nosotros, unirnos a las víctimas en una sola voz.

 

Fuente: www.ciudadnueva.co/

 

condividi questo articolo

Submit to DeliciousSubmit to DiggSubmit to FacebookSubmit to Google PlusSubmit to StumbleuponSubmit to TechnoratiSubmit to TwitterSubmit to LinkedIn

Este sitio utiliza cookies técnicas, también de terceros, para permitir la exploración segura y eficiente de las páginas. Cerrando este banner, o continuando con la navegación, acepta nuestra modalidad para el uso de las cookies. En la página de la información extendida se encuentran especificadas las formas para negar la instalación de cualquier cookie.