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Punto de vista

Por: Clemens Behr (desde Alemania)*

 

¿Qué diferencia hay entre la radicalidad y el fanatismo? ¿Qué hace que la gente se vuelva radical? ¿Cómo es posible darse cuenta de que alguien se está por volver extremista? ¿Es algo que puede evitarse? Son preguntas que contesta el psicólogo social alemán Ernst-Dieter Lantermann

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-Vivir con radicalidad no es, en sí, nada malo. ¿Qué diferencia hay entre vivir firmemente fiel a los principios, y un fanatismo peligroso?
Está bien si alguien se compromete en forma radical con una idea y vive acorde a ella, siempre y cuando acepte y respete el pensamiento diferente. Deja de estar bien cuando la persona se siente superior y trata al otro en forma despectiva. Puede defender en forma radical su fe, su compromiso con el desarrollo sostenible o su vegetarianismo; pero debe estar siempre dispuesto a entender la perspectiva del que piensa diferente.
Generalmente se puede conversar con las personas que viven con radicalidad. En algún aspecto de su vida muestran una postura clara y decidida, pero normalmente no llaman demasiado la atención. En cambio, la vida del fanático está determinada exclusivamente por una idea, hasta en sus mínimos detalles.
El que vive con radicalidad, sabe de “contrarios”, pero no de enemigos. Está dispuesto a dialogar, participa de discusiones y debates, aún a veces con poca comprensión y agresividad. Pero no ve en el otro a alguien que deba eliminar.

-En los últimos años, ¿el extremismo va en aumento o sólo parece?
Estudios que se hicieron a nivel europeo muestran que en 1960, la participación de electores de partidos populistas equivalía al 5 %, guarismo que se ubicaba en el promedio de los países. En 2016 ya era el 13 %. Partidos como la AfD en Alemania, el Front National en Francia o la FPÖ en Austria están en auge. El 80 % de sus electores se manifiestan contrarios a la democracia liberal y a la globalización.
En esos países, hoy en día, del 20 al 30 % de la población tiene posturas nacionalistas, racistas, islamofóbicas, antisemitas u homofóbicas. En comparación a hace 10 años, hubo un aumento preocupante. Esto se agudizó cuando aumentó en forma extrema la inseguridad en todo el mundo.
Hemos preguntado a 4.500 personas sobre su necesidad de sentirse seguros y descubrimos que cuanto mayor es el quebranto que sienten (o sea, más profunda es su sensación de inseguridad), mayor es la inclinación a tener una postura radical y fanática.

-¿Cuál sería el caldo de cultivo en el cual prospera la radicalización?
Desde los años 1960 se habla de una tendencia a individualizarse. Esto se refiere a que las costumbres de vida, anteriormente naturales y de alguna manera obligatorias, se fueron disolviendo. Anteriormente, el plan de vida de una persona estaba trazado, al ser uno hijo de un obrero o de un catedrático. Los hijos generalmente seguían con los mismos valores y el plan de vida de sus padres.
Eso cambió radicalmente desde que podemos y debemos decidir por cuenta propia lo que para nosotros está bien o mal, es bueno o malo, qué normas queremos seguir en la familia, en la educación de los hijos o en la elección de la profesión. Ya no se puede contar con un fuerte respaldo que da la sociedad. Eso lleva a que hoy día uno se pregunte, en caso de situaciones adversas, ¿fue mi culpa? ¿Quién me sostiene si fallo? Es el temor fundamental, sobre el cual otras inseguridades desarrollan un efecto.
No hace mucho que la gente veía en la globalización una enorme oportunidad. Eso cambió: 45 % de los europeos ven hoy en ella un peligro, la causa principal del terrorismo y de las corrientes de migración. Tienen la impresión de que van a salir perdiendo, por la digitalización, la unificación de los mercados, el capital financiero internacional. Todo eso forma parte de ese caldo de cultivo.

-No todas las personas a quienes estas tendencias hacen sentir inseguras, se vuelven extremistas. ¿De qué depende que una persona se radicalice o no?
Hablamos de factores de resiliencia, elementos que dan fuerzas para resistir. Hemos preguntado en muchas encuestas: ¿Qué personas salen con fuerzas renovadas de situaciones de inseguridad? ¿Qué las diferencia de aquéllas que fracasan, se desesperan, se resignan? Una de las razones radica en necesidades diferentes de seguridad. El que necesita sentirse más seguro, teme los cambios porque los relaciona con amenazas. Se estima que las diferencias en las necesidades de seguridad y la disposición de arriesgarse tienen que ver con la fortaleza en las relaciones sociales tempranas. Personas que aprendieron de niños a tener confianza en sí mismos, en su entorno social, su familia y sus amigos, son mucho menos propensas a volverse radicales, pues no dependen tanto como otros de “seguridades externas”.
Otro factor de resiliencia importante son las relaciones sociales confiables, la integración voluntaria en alguna asociación, como ser la familia, grupos de amigos, sindicatos, partidos políticos, comunidades religiosas, clubes.
También el sentido de coherencia crea capacidad de resistencia: lo encontramos en aquellas personas que ven un sentido en todo lo que les pasa. Están seguros de que tienen su lugar en el mundo y pueden mover algo. No se aproximan a los cambios en su vida con desconfianza y preocupación, sino buscan en ellos un sentido, un significado que puedan aprovechar para sí mismos.
Esas son capacidades que ayudan a las personas a hacer frente a toda una avalancha de incertidumbres y auto-agitación.
-¿Cómo se puede notar cuándo una persona se está volviendo extremista?
Se han hecho estudios con jóvenes que regresaron del yihad. Anteriormente habían cambiado totalmente su forma de vida en un tiempo muy breve. Un cambio en la ropa, en el comportamiento en general, pueden ser señales. A menudo hablan de una experiencia que les “despertó”: Ahora entiendo cómo funciona el mundo, cuál es mi lugar en él y para qué vale la pena vivir.
Otra señal es una egolatría intransigente. Ninguna opinión diferente cuenta, la visión del mundo se reduce a antónimos como amigo-enemigo, bueno-malo, veraz-mentiroso. No hablan más con gente que consideran “impíos”, no-veganos, no-fanáticos-del-deporte, “extraños”, y se rodean solamente de personas que piensan como ellos. Los demás son objeto de “misión” (de proselitismo) o se los combate. Debería ser una señal de alarma si uno se da cuenta de que una persona, con la que ayer se podía hablar, hoy reacciona con ataques de odio y se aparta de sus amigos. A menudo a eso se suman la falta del sentido del humor y un extremo afán de perfección: no puede equivocarse porque lo hace sentirse inferior, pecador.

-¿Qué se puede hacer para enfrentar a las tendencias a la fanatización?
Una estrategia que se usa mucho en el ambiente escolar pero también más allá, es un entrenamiento sistemático de cambios de perspectiva: un joven que está convencido de su “sagrada idea”, tiene que asumir el papel de su contrario. Si se hace bien, puede llevar a la reflexión e iniciar un proceso de replanteamiento. En la lucha por la democracia, la libertad y la justicia tenemos que tener cuidado de no recurrir a los mismos medios que los extremistas: argumentar de modo “blanco o negro”, rechazar el diálogo. Es una trampa porque les confirma su modo de pensar. ¿Por qué el liberal que siempre lucha por los derechos de las minorías, se vuelve intolerante ante minorías que se expresan en contra de sus ideas de una sociedad multicultural? Claro, eso lleva a un enorme conflicto moral. Pero si bien son terribles los actos de los racistas, nacionalistas y otros xenófobos, siguen siendo seres humanos. Es su comportamiento el que debemos condenar, no a las personas. Retirarse a la propia superioridad moral, no soluciona el problema. De esa forma sólo repetimos el mismo esquema que criticamos en ellos, y los perdemos del todo.

-La creciente radicalización se puede interpretar como un llamado a la sociedad, de practicar la autocrítica y preguntarse: ¿En qué estamos fallando? Pero eso sucede muy poco.
Estoy de acuerdo. Valoro muchas de las decisiones políticas de Angela Merkel. Pero lo que le recrimino –y no sólo a ella- es la falta de alternativas. Porque eso significa que el que tiene una posición alternativa, está equivocado. Y eso en el fondo es una difamación de los que piensan diferente. Y no existe ninguna justificación de la política que se base en valores. Creo que eso es lo que más hace sufrir a la gente. Se puede hacer frente a muchos males si se tiene una justificación moral. Esto hay que hacer para fortalecer la democracia, luchar en contra de esta injusticia, porque cada persona tiene derechos y tiene dignidad. Pero muy poco se habla de un horizonte de valores. Este horizonte crea la posibilidad de orientarse, no las medidas individuales. Se trata de un fracaso comunicativo y en consecuencia, estratégico de la política.

*Traducción de Ana Henning de Salazar.

Fuente: ciudadnueva.focolar.org.uy/

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