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Punto de vista

Por: Michele Zanzucchi

Como hace miles de años, los barcos chinos surcan los océanos en busca de nuevos mercados. Hoy no sólo buques, aviones y camiones chinos entran en tierras extranjeras, sino también capitales, obreros y bancos, mientras en el país la libertad y los derechos humanos siguen en veremos

 "Dam Guide" at work in front of the Three Gorges Dam, Yangtze RiverLa actual presencia china, cada vez más evidente, no sólo en las ferias y en los comercios de nuestras ciudades, sino también en la gran geopolítica y en la diplomacia mundial, es fuente continua de prejuicios y temores. Las huellas de China en el mundo son evidentes en todas partes. En Yibuti, el más grande lago salado del mundo es explotado por los chinos; en Bolivia a los pies de las minas de Potosí hay puestos de venta chinos; en Zanzíbar hay caseríos habitados sólo por chinos; en Estados Unidos los bancos chinos crecen en número y volumen de negocios; en Kirguizistan en una ciudad de containers se vende toda clase de mercancía falsificada, destinada a invadir después los mercados del mundo entero; el aeropuerto de Erbil (Kurdistán iraquí) fue construido por chinos…
La presencia de la “Tierra del medio” (esto significa la palabra China) -la que es visible, al menos- presenta aspectos no despreciables. Antes que nada está mucho menos militarizada de lo que puedan estarlo la estadounidense y la rusa -posee una sola base en el exterior, en Yibuti, recientemente inaugurada en el Cuerno de África donde, por otra parte, ya operan bases francesas, estadounidenses, italianas, suecas, japonesas…-.
Está centrada en las infraestructuras necesarias para muchos países en desarrollo. Una presencia que sigue una lógica simple: ganar-ganar, es decir, un modelo de transacción en que ambas partes salen beneficiadas. Así China construye una autopista “llaves en mano” a cambio de un yacimiento de gas, propone un aeropuerto ultramoderno a cambio de la explotación de una selva, u ofrece una línea ferroviaria a cambio de minas de metales preciosos.
Además hay que desterrar lugares comunes que hablan de un país insensible a los problemas ecológicos -que siguen siendo enormes en su territorio-: entre Turpan y Urumqi, en el Xinijang chino, en la frontera con el desierto de Gobi, se extiende el mayor parque eólico del mundo, con más de 1200 molinos. Si bien el “país del dragón” sigue siendo el más contaminante del planeta, hoy también es el que más invierte en energías renovables, y para reducir el impacto sobre sus propios recursos naturales gasta 79 mil millones de euros (serán 127 en el 2020).
Y ¿en las finanzas? Si es cierto que el 20 % de la deuda externa estadounidense es de propiedad china, es también verdad que el gobierno de China no sólo adquiere propiedades y participaciones en el exterior, sino que invierte sobre todo en el mercado interno, con miras a una extensión del bienestar en el interior rural del país.
Otra cuestión más delicada, es la de los derechos humanos. Sólo después de Mao, China se dotó de instrumentos constitucionales para la defensa y la promoción de los derechos humanos distintos del de subsistencia, el único existente en la época. Por esto, el camino es largo, y es monitoreado atentamente por la comunidad internacional. La libertad de prensa es prácticamente inexistente, y la vieja cuestión de la libertad religiosa está encuadrada en un contexto más político que confesional. Ciertamente no son tolerables las restricciones impuestas a los católicos por parte de un país que pretende ser un modelo para el mundo entero, como manifestó claramente el último congreso del Partido comunista chino, que sancionó el triunfo del actual líder Xi Jinping. La libertad “al estilo chino” parece hoy concentrarse toda o casi toda en el ámbito económico. El gobierno de Pekín, en efecto, ha desmentido una idea que se había abierto camino durante la Guerra Fría, es decir, que el comunismo y el liberalismo son inconciliables.
Hoy en China gobierna un régimen comunista con una política económica altamente liberal, un cocktail bastante peligroso para los estándares democráticos de la mayor parte de los países.
La influencia china en el mundo, en realidad no es nueva, sino que comenzó en tiempos immemoriales, como quedó demostrado por ejemplo por la difusión del uso de los fósforos y después del ataúd para sepultar a los muertos (en torno al año 5000 a.C.), por la creación de los espaguetis (2400-1900 a.C.), por la introducción de la brújula (alrededor del 239 a.C.), de los caracteres móviles para la prensa (1031-1095)… y se podría continuar indefinidamente. Ahora China ha reconquistado parte de su poder comercial de otros tiempos, aunque si hoy los chinos más que inventar, imitan. Aún así, si damos vuelta nuestro celular para ver dónde fue fabricado, leemos casi siempre lo mismo: Made in China. La capacidad de trabajo de los chinos, como lo vemos también en los barrios chinos de todo el planeta, es extraordinaria.
El desarrollo comercial no se funda sólo en un pensamiento comunista-liberal, sino que tiene bases culturales mucho más sólidas, creadas por el resurgimiento de la filosofía de Confucio, que impulsa la creación de una sociedad en la que los roles sean muy claros (por lo tanto, fuerte autoridad del gobierno, respeto a los roles de todas las autoridades del Estado, etc), pero para llegar a una “sociedad armoniosa” que trabaje solidariamente para el bien común. El Confucianismo no es una religión, sino un sistema de pensamiento compatible con otras formas de lógica y de fe.
Por esto, hablar de China, hoy es necesario, porque nos concierne a todos, pero también delicado, porque los occidentales no contamos con los elementos necesarios para una reflexión objetiva.

Fuente:ciudadnueva.focolar.org.uy/

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