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Punto de vista

Por Christopher Jiménez (Ciudad de México)

 

Una semana cierra la distancia entre la incertidumbre y el llamado a las urnas. El país mesoamericano se enfrenta a las elecciones más grandes y quizá, las más complejas en su historia. Con propuestas de baja calidad y candidatos que se han rendido al encono, una triste sospecha se ciñe sobre los cielos mexicanos: gane quien gane, el país seguirá perdiendo oportunidades para superar sus desafíos.

 

En la Ciudad de México, como en el resto del país, el ambiente social se encuentra enrarecido. Como pocas ocasiones, una sensación de ofuscación permea entre los ciudadanos, que entre comentarios de sobremesa y charlas de café, no logran mirar con claridad el rumbo que tomará el país ante las inminentes elecciones del 1 de julio próximo.

La complejidad manifiesta

Las elecciones de 2018 son las más grandes y más complejas en la historia política de México. 89 millones de ciudadanos podrán elegir más de 3 mil 400 cargos de elección popular; renovando el cargo de presidente de la República, 128 senadores y 500 diputados federales, 9 gobernaturas y gobiernos locales en 30 de las 32 entidades federativas. Para el proceso electoral se han destinado más de 7 mil millones de pesos (más de 350 millones de dólares).

                A la ecuación se suma el hecho de que por primera vez en la historia, partidos hasta ahora antagónicos por programa y polaridad ideológica, han conformado coaliciones electorales. Todo está puesto sobre la mesa y no se han escatimado estrategias para sumar fuerzas de cara a la contienda.

                En los cuartos de guerra de los cuatro candidatos el clima está en natural ebullición. Las encuestas indican desde hace meses una tendencia arrasadora a favor de Andrés Manuel López Obrador, postulado por la coalición de izquierda Juntos hagamos historia conformada por el Movimiento Regeneración Nacional (Morena), el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Encuentro Social (PES), este último identificado con la derecha del cristianismo evangélico.

                Obrador corre su tercera carrera por la presidencia de la República. Con un tono más conciliador y menos beligerante, da muestras que ha aprendido de sus derrotas. Sin embargo, sus propuestas han sido duramente criticadas como populistas y su política comparada frecuentemente a la del régimen chavista.

                La mántica estadística pone a Ricardo Anaya y José Antonio Meade detrás del candidato puntero, a un margen de dos dígitos de distancia. Durante los últimos días, la danza de las cifras no ha dejado ver con precisión quién ocupa el segundo lugar en las preferencias, de ahí que los candidatos estén destinando grandes esfuerzos en tratar de diferenciarse entre sí y desde ahí remontar para declararse como la opción alternativa que habrá de reunir, el día de la elección, a la oposición del lopezobradorismo. Se trata de una estrategia que busca asemejarse en los hechos a una segunda vuelta electoral que es inexistente pero necesaria, en el actual sistema político mexicano.

                Anaya, es un joven político de 39 años respaldado por la coalición Por México al Frente que ha reunido al centro-derecha Partido Acción Nacional (PAN), y los centro-izquierdas Partido de la Revolución Democrática (PRD) y Movimiento Ciudadano (MC). Su campaña en las últimas semanas ha decantado por las banderas de la pacificación del país y la estabilidad económica. Sin embargo, acusaciones de corrupción en su contra le han venido acompañado a lo largo de la contienda; se intuye que son resultado de su confrontación con el gobierno de Enrique Peña Nieto, al que ha asegurado que investigará y meterá a la cárcel.

                Contiende también José Antonio Meade, de la coalición Todos por México que integra el oficialista Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Partido Verde Ecologísta de México (PVEM) y el Partido Nueva Alianza (PANAL). Pese a su destacada experiencia como cinco veces secretario de estado (ministro) que le han llevado desde la diplomacia hasta la hacienda pública, es un candidato que arrastra los negativos y la desaprobación pública de la administración saliente, marcada por episodios de escandalosa corrupción, la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, la caída del poder adquisitivo del peso mexicano y una galopante crisis de seguridad.

                Atrás de ellos, apenas rozando el 5% de preferencias electorales, se encuentra un polémico candidato independiente venido de gobernar Nuevo León, uno de los estados más prósperos del país: Es Jaime Rodríguez Calderón El Bronco.

                Dueño de una personalidad áspera y franca, ha desplegado una serie de propuestas polémicas como las de “cortar la mano” a delincuentes y corruptos y otras mejor recibidas por el electorado como las de disminuir impuestos y su abatimiento al asistencialismo predominante. Hasta ahora, su participación en la contienda se ha configurado como la de un candidato bisagra.

Elecciones y violencia

Producto del régimen presidencialista vigente, los focos mediáticos se centran en la lucha por la cima y destinan pocas miradas sobre los comicios locales, donde se libran campañas electorales de una mayor complejidad. Ahí, lejos de los reflectores y de la atención pública, se deja sentir con mayor fiereza el voto de la violencia y el narcotráfico. En fechas recientes se ha dado a conocer que más de mil candidatos han renunciado a la contienda por amenazas a su seguridad y más de un centenar han sido asesinados.

La percepción peatonal

Afuera, en las calles, el clima no es de claridad ni de opiniones convencidas. La incertidumbre se transpira y hay rastros de confusión que han nublado las perspectivas de los electores. Incluso el voto duro -sujeto a los vaivenes del mercado de dádivas- no parece irrompible como en otras ocasiones. Son –en opinión de expertos- síntomas de la poca claridad y contraste entre las propuestas políticas que se ofrecen y en buena medida, por la sensación de tedio y desesperanza que ha dejado el divorcio entre ciudadanía y gobierno. No es un problema nuevo ni es exclusivo de México, pero en el panorama actual se configura como un serio desafío.

México: El país del día después

En la recta final, crece la preocupación por el panorama post electoral. El bombardeo mediático de los últimos meses –con más de 16 millones de spots-han girado en los últimos meses en torno a amenazas de fraude electoral, fuga de capitales y relaciones internacionales ásperas; todas dependientes del resultado de la elección presidencial. Se ha hecho presente el encono, la discordia, la acusación incendiaria, los insultos y las descalificaciones vulgares.

                Frente a ese escenario y respondiendo a una de sus tareas primordiales en la promoción del diálogo político y la participación ciudadana, el Movimiento Políticos por la Unidad (MpPU) en México, en colaboración con el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (IMDOSOC), llevaron a cabo el pasado 18 de mayo, un ciclo de conferencias en torno al papel de la ciudadanía frente a los días venideros. Con el título México, el país del día después: Elecciones, retos y propuestas desde una ciudadanía más plena, el espacio ofreció una oportunidad para asomarse al escenario político actual y ofrecer algunos insumos para una ciudadanía en salida, constructora de diálogo y superadora del conflicto.

                Durante su intervención, el Dr. Francisco Porras ofreció un análisis profundo sobre la complejidad que envuelve el contexto actual, donde se precisa el discernimiento personal que se sepa poner a salvo de los problemas retorcidos que frecuentemente presentan soluciones fáciles, pero erradas y superficiales. También apeló al compromiso por construir, desde la suma propia, una ciudadanía que trabaje por la superación de los problemas fundamentales, que requiere además, un compromiso por el diálogo abierto, la altura de miras, y el trabajo centrado en el bien común, más allá de colores y perspectivas electorales.

                Por su parte, el Mtro. Alberto Serdán, de Frente a la Pobreza, presentó los avances del monitoreo que su organización lleva adelante en el uso electoral de programas sociales, una práctica común en la cultura política mexicana y que arrastra por las vías del clientelismo y el asistencialismo mareas de votos dirigidos hacia opciones definidas. Entre cifras y definiciones, Alberto Serdán fue claro al afirmar que quien pierde en ese uso distorsionado de los recursos públicos destinados al combate a la pobreza, es precisamente el combate a la pobreza. Para tal fin, la organización Frente a la Pobreza ha lanzado el proyecto Democracia sin Pobreza, una plataforma pública a través de la cual la ciudadanía pueda vigilar y denunciar el uso faccioso y condicionado de recursos públicos.

                Quedan días de intenso fragor electoral. Del llamado a las urnas vendrá –tan inevitable como necesario- el llamado al diálogo y a la construcción de un país que tiene una oportunidad histórica para hacer avanzar su fortaleza democrática y su madurez ciudadana. Es la oportunidad para transitar hacia un país que deje de medirse por un sistema métrico sexenal y que dé saltos de calidad hacia un destino posible donde quepan todos, sobre todo aquellos que han quedado históricamente descartados.

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