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Punto de vista

Por: Thiago Borges (desde Brasil)

 

Héroe para algunos, bandido para otros, el expresidente es protagonista de relatos opuestos construidos por correligionarios y opositores. La revista Cidade Nova invitó a cuatro lectores con visiones diferentes para un debate al respecto

AP Photo Nelson Antoine

“Lula es un perseguido real. Representa otra forma de ver la cuestión pública, otra posición, distinta de la opinión de la gente que controla la economía y la prensa”, opina Braulio de Almeida Junior, profesor de educación física.
“No tengo ninguna pena de Lula. Está respondiendo por las cosas malas que hizo. Era una persona que querría sacar de la elección en este momento, pero tampoco tengo pena de él por haber hecho cosas buenas por Brasil, pues ésa era su obligación como presidente, así como es la de otros también”, dice José Portella, ingeniero jubilado.
“La persecución política que dicen que existe contra el PT, en realidad siempre existe contra quien está en el gobierno. Los medios de comunicación que siempre hablaron mal de Lula también atacan a Michel Temer. Quien está en el poder está en la vidriera. Y como el PT estuvo conduciendo la máquina en los últimos periodos y ese escándalo sucedió ahora, él queda más en evidencia. Por eso no podemos decir que Lula es perseguido”, es lo que considera Marcelo Mendes, administrador de empresas.
“Creo que es una discusión estéril. Muchas veces la gente pelea porque la derecha dijo esto, la izquierda dijo aquello… ¿Por qué no vamos al foco de lo que creemos? Creo que se puede identificar lo que nos hace ir para adelante. Yo no perdería tiempo con eso”, opina Elaine Cristina de Oliveira, economista y empresaria.
Luiz Inácio “Lula” da Silva. Sobre él mucho se dijo, mucho se discute y se discrepa. Pero tanto sus adoradores como sus más fervientes opositores coinciden que Lula es, como ningún otro, figura central en el cuadro político brasileño. Sea por liderar las encuestas de intención de voto para la presidencia de la República, sea por su capacidad sin pares de despertar los sentimientos más controvertidos, el expresidente monopoliza el noticiero político y moviliza grandes masas de manifestantes contrarios y favorables a él. La controversia que permea su biografía también se hace presente en todo el proceso que lo llevó hasta la prisión. ¿Arbitrariedad o injusticia? ¿Combate a la corrupción o persecución de un mártir?
Cidade Nova invitó a cuatro lectores para una discusión sobre la prisión del expresidente y sus consecuencias. Por dos horas, el 10 de abril –apenas tres días luego del arresto- , aceptaron el desafío de someterse a un ejercicio: dialogar sobre política con la disposición de escuchar opiniones contrarias a la propia. Los criterios utilizados para la invitación fueron los siguientes: personas que expresaran sus opiniones en base a los principios de la fraternidad, con visiones diferentes sobre la condena del expresidente, que tuvieran la disponibilidad de apersonarse a la redacción para el debate. El experimento -que es la base para este reportaje- no tuvo propósito de llegar a un veredicto final, sino de favorecer el diálogo abierto, sincero y respetuoso entre personas con visiones políticas distintas y a veces antagónicas.
En esa dinámica, surgieron distintos “Lulas”, distintas visiones sobre su condena y consecuente prisión. Al final, en sus dos mandatos, ¿sacó a millones de personas de la pobreza o lideró el mayor esquema de corrupción de que se tiene registro? No son afirmaciones mutuamente excluyentes y, sin embargo, posibilemente el lector haya rechazado la validez de una de ellas tomando la otra como verdadera. ¿Por qué pasa eso? Lo explica el especialista en discurso político y mediático, Jader Maia. Autor del estudio Imaginarios del discurso político y la construcción de identidad, Maia enfatiza el papel central de la construcción de narrativas en la disputa política: “Las narrativas son versiones de los hechos cada una construida desde su perspectiva y con finalidades específicas, como sucede en la vida y en las interacciones humanas cotidianas. Lo que sucede en el discurso político es que en este campo los hechos son amplificados en razón de su dimensión y relevancia social, pues lo que se dice involucra a la sociedad como un todo. El campo político es, por excelencia, un espacio de batallas discursivas, cada cual con su versión de los hechos y con su proyecto de sociedad”.
La disputa por imponer la propia narrativa no se da solo en el campo discursivo, o sea, de la prensa, las redes sociales y de las manifestaciones de la calle. Los actores buscan manipular inclusive el curso de los acontecimientos para reforzar la visión que les interesa, en detrimento de la narrativa de grupos o partidos opositores. Eso ayuda a entender, según especialistas consultados por Cidade Nova, por qué, en el caso específico de la prisión de Lula, el momento de presentarse a la Policía Federal se transformó en un evento mediático. Desde el atraso en relación al horario límite establecido por el juez Sergio Moro, hasta la celebración ecuménica en homenaje a la esposa fallecida y a su desplazamiento –cargado por la aglomeración de militantes– hasta entregarse a las autoridades, cada detalle de aquella jornada fue planeado para reforzar la imagen que el PT pretendía transmitir, o sea, de un líder de masas perseguido por la elite económica, cuyo “único pecado fue sacar a millones de la miseria”, como la propia militancia enfatiza en mensajes y carteles de solidaridad.
“Es necesario convencer a las personas, al elector, no solo de que su proyecto es el más adecuado y que su adversario es el responsable por el desorden social, o incluso una representación del mal. Es necesario mostrarse honesto y virtuoso, capaz de solucionar los problemas de la sociedad. Así, cada narrativa busca convencer a los ciudadanos de que el proyecto de sociedad propuesto es el único posible para llevar la nación al progreso social”, explica Maia. Conducir el rumbo de los acontecimientos de manera de legitimar una narrativa no es, de todos modos, prerrogativa del PT. Eso queda evidente en las presiones de movimientos sociales y de parte de la prensa para que el Supremo Tribunal Federal votase contra el pedido de habeas corpus de la defensa. La apuesta, en ese caso, era que decretar la prisión reforzaría el estereotipo de bandido asociado al expresidente. Imágenes que circulan en internet –con la yuxtaposición de una foto preso por la dictadura al lado de una reciente en un montaje en el que aparece fichado por la policía– tiene la misma intención de construcción de una narrativa.

El radicalismo pierde fuerza
“El problema es mucho más amplio. Todos hacen lo mismo. De un modo o de otro, todos están envueltos en ese esquema de corrupción y parece que no tenemos salida. Si se va para un lado es malo, si vamos para el otro es peor” (Braulio de Almeida Junior).
“Lula no es el problema mayor, sino uno de ellos. Hay otras personas que también deberían estar presas. Esto está muy polarizado, como si él fuese el gran villano de la corrupción en Brasil. Y mira que no soy y nunca seré votante del PT y nunca tuve simpatía por su partido…” (José Portella).
Un investigación divulgada por Datafolha la semana siguiente a la prisión del expresidente indicó que, a pesar de la aparente polarización en torno al juzgamiento del habeas corpus, aumentó el número de “electores péndulo”, al punto de que grupos extremistas –de derecha y de izquierda– perdieron adeptos. El reporte denomina “electores péndulo” a quienes no son incondicionales del presidente Lula, pero tampoco lo rechazan completamente, como hacen grupos flagrantemente contrarios a él. La tendencia refleja la caída de intenciones de voto para el precandidato del PT, pero también el hecho de que candidatos situados en el espectro opuesto no se beneficiaron de eso sino por un margen muy sutil, incluso dentro del margen de error de las encuestas. Sin Lula en la disputa, los votos blancos y nulos superarían los votos de todos los otros candidatos, incluyendo a Jair Bolsonaro (PSL) y Marina Silva (Rede). Es una señal de que el electorado está menos seguro de su opción y estaría más abierto a alternativas que se presentasen. Por otra parte, esto deja el campo libre para que partidos y movimientos políticos intensifiquen la narrativa del héroe contra el villano, atribuyendo esos papeles a actores distintos de acuerdo al interés de cada uno.
En esa disputa teatral entre candidatos y partidos, es fundamental que el público –que será elector en octubre– entienda cómo funcionan los mecanismos de construcción y destrucción de reputaciones para prevenirse de relatos fantasiosos. “En la medida en que el elector se vuelva capaz de comprender las estrategias y procedimientos implicados en la construcción de una determinada imagen, será capaz de decodificar esas narrativas, interpretar esos discursos y percibir lo que está en juego. Así, estará en mejores condiciones para juzgar los hechos, además de poder identificar información y noticias falsas o distorsionadas”, explica Maia.
“Quien conoce un poco la historia del Brasil sabe que es una frazada hecha de retazos y que sólo estamos levantando la punta de la alfombra. No es simple, por eso evito afirmaciones tajantes: ‘Lula es perseguido’ o ‘no es perseguido’. Tal vez tejió el esquema no por beneficio propio, sino por la estructura política que teníamos. Sobre el triplex a su nombre, nada fue comprobado. Eso, jurídicamente es cuestionable” (Elaine de Oliveira).
“Creo que existe una gran estructura, un sistema corrupto, y que las piezas de ese sistema puedan ser sustituidas o descartadas. Entiendo que Lula hace parte de ese sistema y fue puesto en un rincón porque perdió fuerza” (Marcelo Mendes).

¿Un callejón sin salida?
Si existe un aparato profesional para crear y destruir reputaciones, para moldear la realidad a las narrativas más diversas, ¿hay alguna manera de escapar a las trampas creadas por esos grupos de interés? Identificar y denunciar falsas noticias difundidas en las redes sociales, desconfiar de las propias convicciones y leer autores con visiones diferentes son algunas prácticas que ayudan a minimizar la influencia de visiones distorsionadas de los hechos políticos. Pero tal vez ninguna de ellas sea tan efectiva como el diálogo. Lo testimonian los cuatro lectores que alteraron su rutina en pleno martes para hablar y escuchar sobre política con personas desconocidas y con pensamientos distintos:
“Podemos pensar, discrepar, concordar, no concordar, tener ideas divergentes. Podemos superar este momento de polarización si logramos crear en la sociedad una masa crítica consciente de que es posible respetar y amar a una persona con pensamiento distinto al mío” (Braulio Rodrigues).
“Aprendemos mucho cuando dialogamos. Si quedamos en nuestra burbuja, repetimos siempre lo mismo” (Elaine de Oliveira).
“No se trata de cambiar de posición, sino de escuchar al otro y entender por qué piensa así. Es respetarlo. Es así que podemos transformar un poco la sociedad” (José Portella).
“Aquí las personas se respetan y escuchan la opinión del otro. Consideran lo que dice el otro. La gran lección que llevo es: es posible y vale la pena” (Marcelo Mendes).


La Suprema Corte bajo los reflectores

En medio del juego político cada vez más fuerte e incierto, la subida de tono en narrativas políticas disonantes conquistó un nuevo escenario en los últimos cuatro años. Un escenario que, hasta entonces, no había sido tan relevante a lo largo de la breve historia de la redemocratización brasileña: el Supremo Tribunal Federal. La última instancia de la justicia brasileña siempre se caracterizó como el más discreto de los poderes. Pero, en los últimos años, los ministros del STF se hicieron conocidos como nunca, así como el propio funcionamiento de la casa, antes una incógnita para gran parte de la población. Son considerados enemigos de la nación o bien paladines del combate a la corrupción, o lo opuesto de lo que habían sido antes… El protagonismo inusitado del tribunal y la proximidad de sus ministros con las narrativas e intereses de los grupos políticos es motivo de preocupación de juristas como Pedro Paulo Castelo Branco Coelho. Profesor de la Universidad de Brasilia, Castelo Branco fue el juez que decretó, en los años 90, la prisión de Paulo César Farias, el tesorero de la campaña presidencial de Fernando Collor de Mello. Por eso, se lo llama “el primer Sergio Moro”. Defensor de la prisión en segunda instancia y de la abolición de los fueros, el jurista no ahorra críticas a la actuación reciente de los ministros del STF: “Esa erudición en demasía perjudica inclusive a la Corte. Provoca una inseguridad muy grande. Un ministro juzga de una manera, otro de un modo distinto, porque quiere demostrar más erudición. La sociedad no acepta eso. Parece una lotería: si caes en la mano de fulano, te concederá lo que pides, si caes en la de mengano, no”.
Según el magistrado, la incerteza en la forma de juzgar y la diferencia de interpretación entre un ministro y otro contribuye a reforzar la idea de que las decisiones son, en alguna medida, arbitrarias, lo cual refuerza la posición de quienes buscan elementos para construir o destruir la imagen de una figura política.

Fuente: ciudadnueva.focolar.org.uy

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