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Punto de vista

Escrito por Juan Esteban Belderrain
Democracias capturadas, desigualdades persistentes

Conflictos que se mantienen desde el siglo XIX suelen impedir la búsqueda de soluciones para los desafíos de hoy.

El 75 % de los latinoamericanos piensa que la democracia es un régimen de gobierno que sirve más para preservar los intereses de  grupos poderosos que para solucionar los principales problemas de la población. (Latinobarómetro 2017)

El experimento es bien conocido. Un grupo de monos es encerrado en una jaula que contiene una escalera que da acceso a un racimo de frutas. Cada vez que un mono sube por la escalera para intentar tomar la fruta, una descarga de agua muy fría cae sobre la totalidad de los monos. Ante sucesivos intentos, los monos comienzan a agredir a quien quiera acceder a la escalera como forma de prevenir tan desagradable baño. De a uno los monos comienzan a ser reemplazados. Cada nuevo mono que ingresa recibe el castigo de sus pares cuando toca la escalera, y castiga del mismo modo al mono recién ingresado siguiendo la costumbre de sus pares. Resultado final, todo un conjunto de renovados monos se castigan entre sí al tocar la escalera sin haber recibido baño alguno.

A riesgo del mal gusto de compararnos con monos, pocas metáforas me resultan tan elocuentes como ésta para representar la crisis de las democracias occidentales. Fuertes conflictos persistentes, perfectamente comprensibles en el siglo XIX, les impiden afrontar los desafíos del siglo XXI.

Democracia es un término polisémico y sería muy presuntuoso en este espacio dar cuenta de todos los significados y atributos que ha recibido a lo largo de su historia. Su etimología es clara: gobierno del pueblo. ¿Pero de qué hablamos cuando hablamos de pueblo?, ¿qué significa gobernar y cómo gobernar? Es allí donde las respuestas difieren. Un elemento en común que podemos reconocer, en esa larga historia, es que ha habido un continuo proceso de ampliación de esa concepción de “pueblo” y también de ampliación del alcance de la participación de ese pueblo en el gobierno. Trabajadores, mujeres y minorías han tenido una incorporación tardía en ese “pueblo”. Sucesivamente también se ha pasado de formas delegativas de democracia a formas cada vez más participativas. Podríamos decir que la democracia –más que un sustantivo– parece un verbo, “democratizar”, y esto significa que en el gobierno de un país participen más personas y que éstas cada vez participen más.

Obviamente esta historia de democratización de ningún modo ha sido lineal y homogénea, y por momentos, los retrocesos parecen pesar más que los avances. Pero lo cierto es que, al menos en el mundo occidental, esta forma de gobierno es la preponderante y se presenta como la aspiración de progreso para muchos pueblos que aún no gozan de ella.

El problema es que, en el siglo XXI, estamos en un claro período de estancamiento en la democratización. Con importantes diferencias según los contextos, en la mayor parte de los países occidentales no se registran avances importantes en los procesos de inclusión y de participación en la vida democrática.

Intentos de explicación de este fenómeno no faltan, desde las más variadas vertientes y con las más variadas intenciones. Uno de ellos es el que pone en relación la democracia como sistema de gobierno con los otros sistemas que ordenan la vida social, en especial con los sistemas económicos y culturales.

En relación con el sistema económico, es ampliamente reconocido el hecho de que existe una natural tensión entre la democracia y el capitalismo. Mientras que, como dijimos, democracia es ampliar y distribuir la participación, el capitalismo, en su natural desenvolvimiento, tiende a concentrar el poder y necesita de permanentes controles instituidos para evitar los perjuicios sociales y económicos de esas concentraciones. Este fenómeno, profunda y ampliamente analizado, carece de la necesaria divulgación. Muchas veces, por culpa de quienes, desde uno u otro lado, han querido sostener que la democracia es incompatible con el capitalismo.

De hecho, la poca experiencia que históricamente conocemos de regímenes económicos que se han postulado como alternativos al capitalismo, lo han hecho por vías también alternativas a las democracias multipartidarias, con fuertes restricciones a las libertades de participación y provocando fuertes concentraciones de poder en las burocracias gobernantes.

Aquí está el centro de la cuestión que viene atravesando la discusión sobre la democracia desde sus inicios. En su no tan larga historia, la democracia moderna ha servido de contrapeso para las concentraciones y las desigualdades consecuentes del natural desenvolvimiento del capitalismo. Sin embargo, en el presente, parece inerme, cuando no funcional al fenómeno de las desigualdades crecientes, que se han extendido y acentuado en todo el mundo hasta límites desconocidos, tal como lo demuestra Piketty en su obra El Capital en el siglo XXI.

Y aquí es donde aparece la importancia del otro subsistema social. El sistema cultural. Es decir, el intercambio de símbolos y valores que hacemos los seres humanos fundamentalmente a través del lenguaje. Desde este punto de vista, y sobre esta cuestión de la democracia y las desigualdades, seguimos atrapados en juegos de lenguaje, en narrativas que nacieron a fines del siglo XIX. Estas narrativas atravesaron buena parte del XX, llegando a alimentar todo tipo de guerras, frías y calientes. Y de manera inverosímil se prolongan hasta ya bien entrado el siglo XXI, en un mundo diametralmente diferente de aquel que las vio nacer.

Por un lado, la narrativa del laissez faire. Una sociedad bien ordenada se alcanza dando la mayor libertad posible a sus fuerzas económicas. En la versión más romántica de este relato, las desigualdades se corrigen por la bondad filantrópica de los sectores privilegiados, que derraman beneficios sobre los perjudicados por la libre competencia. En la versión más cínica, las desigualdades se naturalizan. Una suerte de darwinismo social por el cual los más débiles “naturalmente” tienden a desaparecer.

Por otro lado, el relato de la emancipación popular. Una suerte de mirada metafísica de la historia, por la cual hay un destino inexorable de los pueblos a su emancipación. La definición de pueblo se restringe a los más pobres y los enemigos del pueblo hacen uso de los instrumentos de dominación –incluidas las instituciones de la república, como la justicia– para obstaculizar ese proceso. Por eso, el comportamiento de estas instituciones debe ser subordinado a los intereses del pueblo. Los enemigos deben ser reprimidos y/o eliminados, sin importar si éstos son los mismos pobres que prefieren sustentar otros relatos para intentar solucionar sus problemas cotidianos de falta de trabajo y/o de seguridad, no siempre satisfechos por los gobiernos “populares”.

Pero el mundo en el que vivimos ha cambiado radicalmente. El mundo que vio nacer estos relatos era el mundo en el que las democracias modernas debían amoldarse al invento social más importante de la época: los estados nacionales. En cambio, la aceleración de la globalización va haciendo perder progresivamente el poder a estos estados nacionales. Las naciones son muy débiles para controlar poderes económicos cada vez más globalizados.

El otro gran cambio es la aceleración exponencial de las innovaciones en las tecnologías de información y comunicación. La velocidad de los cambios, la rápida obsolescencia de tecnologías que acaban de nacer, desnudan la ridiculez de la ilusión de que puedan funcionar bien –en este contexto– las instituciones políticas de la democracia que fueron pensadas y diseñadas para el siglo XIX. Todavía no hemos comprendido el alcance de que un simple “error” en Facebook puede haber cambiado la elección del presidente más poderoso de la tierra y, por tanto, cambiar la historia de la humanidad.

Frente a estas irrupciones y novedades poco sentido tiene no hacer acopio de los grandes aprendizajes de estos siglos.

Primero. Si bien existen las tensiones enunciadas, no hay democracia sin libre mercado. Las sociedades que más y mejor han avanzado en la reducción de las desigualdades son aquellas que lo han hecho en el marco de democracias republicanas.

Segundo. No existe capitalismo serio sin una profunda disminución de las desigualdades. El último informe de la CEPAL es elocuente en la demostración de la “ineficiencia que provocan las desigualdades para el desarrollo económico en contextos de libre-mercado”.

Y sin embargo –como en los monos del experimento– los relatos anteriores persisten, repitiendo en el siglo XXI los conflictos que hemos aprendido a sostener y alimentar en buena parte de los siglos XIX y XX. Y no son pocos los voceros que se ocupan de introducir a las nuevas generaciones en toda suerte de variantes de los relatos originarios, alimentando las grietas, brechas, polarizaciones; o como quieran llamarse estas grotescas reproducciones tardías de conflictos que hoy asolan a las democracias, y que tuvieron en la remota historia su razón de ser.

El gran enemigo –el gran cómplice de la desigualdad– es la ignorancia.

Mientras se siga pronunciando la palabra ‘libertad’ de forma capturada por los tardíos relatos liberales y la palabra ‘igualdad’ capturada por los tardíos socialismos, lejos estaremos de encontrar solución a las desigualdades crecientes.

Ya en los albores de la revolución francesa, junto con las palabras ‘libertad’ e ‘igualdad’, se pronunciaba la palabra ‘fraternidad’, aunque ésta nunca tuvo la misma oportunidad que las otras para desenvolver su propio relato. Y siempre quedo allí, como un desafío. Un horizonte que señala un sentido hacia donde avanzar, aunque todavía son pocos los que en la política o en la economía se animan a pronunciarla. Pero sigue operando en el sistema cultural, como un principio o una promesa de un futuro tan atractivo como todavía incierto. Al menos para recordarnos que somos mucho más que monos.

*Artículo publicado en la edición Nº 599 de la revista Ciudad Nueva.

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